Adoro las preguntas. Y adoro las preguntas inspiradas por el pensamiento liminal o de frontera. Ese pensamiento que fluye, transita, migra y yerra.
¿Por qué un historiador puede estar interesado en el futuro?
¿Por qué un tecnólogo puede ser historiador?
¿Por qué la tecnología actual más puntera será retro en una década?
¿Por qué el estudio de lo que aún no ha sucedido puede conllevar una cátedra universitaria?
¿Por qué deberíamos de pensar como ciudadanos del Mediterráneo del siglo I en pleno siglo XXI?
¿Por qué las capacidades técnicas te ayudan a ser mejor vendedor?
¿Por qué el mejor vendedor no es el que trata de vender sino de resolver un problema con corazón?
¿Por qué las mejores decisiones no se toman desde el corazón o desde la razón, sino desde un punto equidistante entre ambos?
¿Por qué lo importante no es lo que queremos o deseamos ser, sino lo que hacemos realmente de nosotros y de los demás, a cada minuto?
¿Por qué el preguntarnos por quiénes somos no es efectivo sino, antes bien, interrogarnos sobre las implicaciones y el sentido de ser?
¿Por qué un agnóstico puede albergar un profundo amor por la religión?
¿Por qué la imaginación y el arte recrean las piezas del puzle que aún no ha sido, o del puzle que fue y no conocimos?
¿Por qué futuro, presente y pasado suponen una y la misma línea de un continuo?
¿Por qué los mejores «especialistas en IA» no piensan en términos técnicos sino humanísticos?
Preguntemos y respondamos juntos periódicamente. Desde y en tierra de nadie.

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