Cónsules corruptos

«La hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud», nos decía François de La Rochefoucauld.

Sabiéndose el señor vicio antisocial, peligroso en contextos públicos, feo y mezquino, mas siendo igualmente consciente este nuestro señor vicio de que ser virtuoso conlleva una enorme carga de trabajo a cambio de muy poquito, tras un breve debate interno ha concluido revestirse con las galas de tribuno de la plebe mientras atesora en la trastienda alhajas, prebendas, dones y donaciones, enchufes, vehículos de lujo y lingotes de oro.

Dos caras de una misma moneda: lo que el pueblo de Roma necesita escuchar y ver, y lo que realmente se necesita en calidad de magistrado opulento para gobernar.

Los legisladores romanos de época republicana y tardorreplicana, sostenidos por arcaicos valores tradicionales (mores maiorum), lo tuvieron muy claro: las leges ad coercendam luxuriam, es decir, las leyes en regulación de la suntuosidad, son buena prueba de ello. No procede una exhaustiva enumeración de las mismas; remito al curioso lector que desee saber más a la lectura del estupendo artículo de Carlos Crespo-Pérez, «Las leyes suntuarias y la regulación del lujo en el Derecho romano» (2016).

Sí, sí, lo sé. Ser plebeyo apesta: debes trabajar y servir a mogollón de señores en calidad de cliente, liberto forzosamente agradecido… o esclavo. Exacciones, impuestos y deudas recaen en detrimento de tu patrimonio civil privado; sueles litigar en tribunales lejanos cuyos jueces no te conocen ni tienen por qué agradarte en aplicación de la ley más favorable a tu caso. Careces de amicos cuando realmente los necesitas; sin partidarios o aliados armados con gladii, dispuestos a acuchillarse en las calles (o en las redes sociales) por ti o en promesa de tus favores, cuando el peligro apremia.

Y eso también lo saben algunos de los supuestos valedores del Derecho y del poder público. En viéndose solitos al traspasar el umbral del poder, realizaron un descubrimiento digno de un Nobel: por encima de la cúpula de las leyes apenas existen engranajes de contrapeso ni cámaras de vigilancia. ¡Anda! Ningún Catón de mirada severa prohibiéndoles el lujo o el nepotismo. Ningún Pausanias tratando de aguar sus lujosos banquetes.

Solos frente al cofre de las joyas. El único contrapeso, de haberlo habido, lo constituiría una moral individual que, siendo honestos, apenas reviste recorrido en el mundo real. Nadie aplaudiría sus generosos gestos. Nadie iba a hacerles favores únicamente en virtud de su «rectitud moral». Todo lo contrario, si me apuras.

(Y no, los «romanos» [lo que quiera que implique ese gentilicio tan extenso y difuso] no fueron un adalid moral sobre el que reflejarse. Ninguna sociedad o individuo lo ha sido ni lo será jamás). No obstante, algunos de sus literatos, gobernantes, historiadores y filósofos llegaron a una conclusión similar a esta: el lujo es causa o consecuencia de la decadencia de una sociedad. Y no puedo estar más de acuerdo.

La historia se repite eternamente… y eternamente se ha hecho lo que se ha podido para sobrevivir al paso del poderoso #Mr_Vicio y su disfraz #hipocresía.

P. D. Todo parecido con la realidad es debida a la pura incontinencia… digo a una infortunada coincidencia.

#antimoraleja_del_día

Fuentes:
https://www.csdmm.upm.es/wp-content/uploads/2024/11/art6-2.pdf.
https://sites.exeter.ac.uk/exhistoria/wp-content/uploads/sites/123/2025/03/Luxury_at_Rome.pdf


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